Queda un día para Nochebuena, escasas horas y todo son preparativos y nervios para que todo esté perfecto. Comida, bebida, postres, adornos navideños... viene la familia y no podemos "fallar". Viene la familia a la que no has visto en todo un año y que tampoco os habréis preocupado (mutuamente) por mantener la relación en todo este año con ellos y ese día tienes que estar listo y preparado, con una sonrisa reluciente y con ganas de recibir y acoger a tus familiares. Tendrás que agasajarles con buena comida (que luego, sobrará una importante cantidad), tener todo listo para su llegada y esperarles ¿para qué? para que dentro de un año, cuando sea Navidad nos volvamos a ver y celebrar una cena o un almuerzo común por el mero hecho de que somos una familia y hay unos lazos de sangre que nos unen.
No, no me gusta la Navidad, no me gustan las hipocresías, porque es algo que odio. Preferiría que la Navidad fuese tan solo un período de vacaciones en las que puedes estar haciendo lo que te de la gana: acostándote y levantándote a la hora que te de la gana, ver la tele acurrucada en el sofá con una manta, salir a la calle con los amigos, merendar churros con chocolate, incluso para viajar. En definitiva, si las Navidades es un tiempo en el que se espera felicidad, ¿por qué no hacemos aquellas cosas que realmente nos hacen felices y no las que esperan que hagamos?
Los calcetines o la colonia que me regalen seguro que no me sacan de ningún apuro a lo largo del año y seguramente, menudo quebradero de cabeza se haya ganado la otra persona buscando ese "regalo ideal".
Como sé que esto nunca ocurrirá, seguiré soñando con el día en el que podamos celebrar con las personas que nos llenan día a día, que al fin y al cabo son la razón de ser quiénes somos, y también con los que nos gustaría compartir y que, por unas circunstancias u otras, aún no están en nuestras vidas...
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