Esa noche se arregló con tanto esmero como nunca antes había hecho, cuidó hasta el mínimo detalle y hasta que no se sintió perfecta no decidió salir del cuarto de baño. Hasta que no había guardado todas sus armas de mujer en el bolso, no cerró la puerta de la habitación. Sabía que esa sería su última oportunidad y su última noche cerca de todos, sobretodo de él. Era la ocasión, si no conseguía nada de él, quizás no lo consiguiese nunca. La noche estaba vestida de un sabor agridulce, pero ella no quiso pensar en lo malo. Bailó, se rió y disfrutó. Las horas pasaban lentamente si él no estaba cerca de ella, y más rápido cuando se movían acompasados por la música que había de fondo. Se empezaron a encender las luces y ella notaba que el reloj corría en su contra, que el momento se le esfumaba y que la oportunidad iba pasando...
En ese momento desplegó aquello con lo que llevaba soñando tanto tiempo, le robó un beso; o quizás se lo dio. Éste no cayó en saco roto y él le respondió mientras le agarraba por la cintura y la acercaba cada vez más a él. Perdió todo el miedo y la vergüenza que llevaba acarreando desde varios días atrás.
De repente, estaban montados en un taxi camino a casa de él. Se miraban a los ojos y se respiraba amor y ternura. Cuando por fin llegaron, entre esas 4 paredes no se hablaba ningún idioma. Todo se podía leer y sentir a través de sus miradas y las caricias que compartieron aquél amanecer.
Nadie sabrá qué ocurrió más que ellos dos, cómplices y protagonistas de aquellos momentos de ternura.
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