Se pintó las uñas de su color favorito, rosa, pero no un rosa cualquiera era rosa furcia… que diga, fucsia. Los segundos pasaban de una forma extremadamente lenta, o eso creía ella. Repasaba el color de sus uñas mientras no apartaba la mirada del móvil, lo tenía puesto en vibración para no despertar a los de al lado. Se duchó y se lavó el pelo, tranquilamente para olvidar la espera de la llamada o del mensaje o de lo que fuese. Salió de la ducha y se secó el pelo con el secador, se embadurnó en crema y se perfumó. Se alisó el pelo y se lo recogió hacia atrás, tan tranquila y cuidadosa como ella solía hacerlo. No tenía prisa, o eso ella se hacía creer. Eligió su mejor vestido, pero esta decisión le tomó un largo rato, sacó medio armario y lo tiró en la cama y se puso a probarse uno tras a otro, la decisión la tomó cuando estaba totalmente segura que ese iba a ser el adecuado. Mientras, no paraba de mirar el móvil. Lo tendrá apagado, pensaba, “¿y si le doy un toque para comprobarlo?” Pero no se atrevía. Siguió esperando, entretanto eligió el bolso y los zapatos. Tenía todo preparado, hasta el conjunto de ropa interior. Esperó y esperó y como dice el refrán, desesperó. Y él no daba señas de vida, como de costumbre. Ella se hartó, se vistió tal y cómo lo había pensado, cogió el teléfono y le llamó, pero para decirle que no quería saber nada más de él. Después de colgarle, tras sus reprimendas y sarta de excusas, llamó a sus amigas. Se pintó, preparó el bolso y se fue a la calle a disfrutar.
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